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miércoles, 18 de febrero de 2015

LAS MANÍAS DE LOS ESCRITORES (II)

PILAR DEL CAMPO PUERTA

María ya se ha leído Cuando las musas llegan, y yo también, además de consultar otras informaciones, lo que ha permitido encontrar esta entrevista que prefiero plasmar íntegra para que no pierda nada de su importancia.

Consejo: Un periodista necesita también ser buen escritor, porque hacer una entrevista y ponerla al servicio de los lectores es otra manera de escribir.

Se trata de una entrevista del periodista Jesús Arias, a uno de los autores del libro Cuando las musas llegan, Ángel Esteban del Campo (catedrático del Departamento de Literatura Española de la Universidad de Granada)
Información en http://elpais.com/diario/2002/06/12/andalucia/1023834147_850215.html

Pregunta. ¿Cómo surgió la idea de escribir este libro?
Respuesta. Queríamos escribir un libro sobre escritores. Un día conocí a Mario Vargas Llosa por casualidad. Tenía curiosidad por saber anécdotas sobre su literatura. En otra ocasión, me encontré a Jorge Edwards en Miami, y le comenté el proyecto. Después conocí a Cabrera Infante, a Saramago. Con tales contactos, el resto fue fácil. Cuando les explicábamos nuestra idea de conocer detalles de su vida relacionados con la literatura, sus manías para escribir, todos se sintieron muy entusiasmados con el proyecto. A Isabel Allende, por ejemplo, la entrevisté a través de un chat. Lo curioso es cómo todos los escritores tienen extrañas manías sin las que no podrían escribir.
P. ¿A cuántos escritores entrevistaron al final?
R. Hemos incluido a 16 escritores. Con unos hablamos directamente. Con otros, los ya fallecidos, con amigos íntimos. No pudimos hablar con García Márquez porque se encontraba ingresado en un hospital. Pero lo hicimos con sus más allegados.
P. ¿Quién les resultó el escritor más maniático, el de costumbres más raras para sentarse a escribir?
R. Gabriel García Márquez. Para escribir, por ejemplo, necesita estar en una habitación con una temperatura determinada. Debe tener en su mesa una flor amarilla, de lo contrario no se sienta a escribir. Y siempre lo hace descalzo. Si no está inspirado, nos contaron, no escribe absolutamente nada. A veces puede tirarse meses sin escribir una sola línea.
P. En su libro hablan también de las 'rarezas' de Isabel Allende...
R. Sí. Hace conjuros antes de ponerse a escribir. Tiene fetiches y comienza todas sus novelas el 8 de enero. Al empezar a escribir, enciende una vela. Cuando la vela se apaga, deja de escribir, esté por donde esté. Lo deja todo.
P. ¿Son disciplinados los escritores?
R. En su mayoría sí. Suelen ser personas de costumbres muy arraigadas. Guillermo Cabrera Infante, por ejemplo, sólo escribe de dos a cinco de la tarde. José Saramago nunca escribe más de dos folios al día. Aunque tenga una idea a medio desarrollar, se detiene ahí. Dice que nadie es capaz de escribir más de dos buenos folios de literatura al día. Y Mario Vargas Llosa, por ejemplo, es un maniático del orden. Es muy disciplinado. Por la mañana escribe en casa, y por la tarde, en una biblioteca. Lo hace de lunes a sábado. El domingo lo dedica a sus artículos periodísticos.
P. De Vargas Llosa se suele comentar que tiene un orden casi obsesivo...
R. Así es. Estuve visitándolo en su casa de Londres. Allí vi que los libros de su biblioteca están ordenados por motivos curiosos: por tamaño, por países... Luego tiene montones de figuras de hipopótamos de todas clases. Eso fue a raíz de uno de sus primeros relatos, Katy y el hipopótamo. Sus amigos decidieron regalarle figuritas de hipopótamos. Ahora la casa está llena de ellos.
P. ¿Toman algo para inspirarse, le han confesado si usan drogas?
R. No. Muchos de ellos beben alcohol, pero tampoco lo hacen en exceso.
P. ¿Qué fue lo que más les sorprendió del proceso de creación de alguno de los autores?
R. La increíble constancia de García Márquez. Puede tirarse 30 años con una idea en la cabeza, y no se sienta a escribirla hasta que la tiene perfectamente atada. Una vez alguien le aconsejó que, si quería hacer un buen relato, antes tenía que contarlo muchas veces, para ver qué partes atraían al oyente y cuáles le aburrían. Eso es lo que suele hacer con sus novelas. Las cuenta y las cuenta y las cuenta. Apasiona a la gente. Conforme las va contando va inventando nuevos detalles, hasta que ve que la historia funciona. Estuvo contando la historia de Crónica de una muerte anunciada durante 30 años. También es curiosa la forma en que se inspira en cosas que han sucedido en su vida o que le contaron sus padres y sus abuelos. Cien años de soledad es el compendio de historias que le contaba su abuelo. El amor en los tiempos del cólera está inspirado en sus padres.
P. ¿Tienen algún nuevo proyecto similar a este libro?
R. Sí. Uno es una biografía de Borges desde el punto de vista de María Kodama, su viuda, y otro es sobre cómo nacieron las 50 mejores obras de la literatura universal, desde El Quijote hasta Crimen y castigo.

Anciano afligido (Van Gohh)
Como la entrevista es magnífica, muy clara y muy ilustrativa,  sólo puedo decir: gracias.

Consejo: El arte de escribir no está sujeto a prisas. 

¡Espero que te haya gustado! Continuará...

NOTA:
Recuerda que siempre hay que citar la fuente de información. Para citar este post, puedes hacerlo de la siguiente manera, por el método Harvard.

Apellido, Inicial del nombre (Año de publicación): "Título de la entrada del post del blog". Título del blog en cursiva, día y mes del post. Disponible en: URL del recurso [Consulta: día-mes-año].

domingo, 15 de febrero de 2015

LAS MANÍAS DE LOS ESCRITORES (I)

PILAR DEL CAMPO PUERTA


¡Qué rara soy! -me dice María en una conversación.

No quiero preguntarla más, pues me imagino que se refiere a cuando escribe, así que, para tranquilizarla le cuento anécdotas de...

Rafael Alberti, que sobrevivía, literariamente hablando, dentro de un desorden organizado, entre apuntes que a la duermevela de la madrugada le venían a la mente y apuntaba por descuartizadas hojas; luego tenía que hacer un ejercicio de reconstrucción de ideas y papel. Además prefería escribir con claridad, sin cortinas ni visillos.


La propia Isabel Allende escribió en la cocina, al amor de la noche, rompiendo el silencio con las teclas de la máquina de escribir La casa de los espíritus, como ella misma cuenta en cada entrevista.

Truman Capote, Proust o Aleixandre preferían escribir en la cama.


Gabriela Mistralla necesitaba la penumbra para inspirarse. 


Ramón Gómez de la Serna y Valle Inclán eran amantes de bullicio y el ambiente de los Cafés. 


Lamartine o Juan Ramón Jiménez, precisaban del silencio que precisaba. Y desde su silenciosa habitación Juan Ramón escribió:

Yo no soy yo.
                Soy este
que va a mi lado sin yo verlo,
que, a veces, voy a ser,
y que, a veces olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.

Por eso, aconsejo a María que no se apure, que ya encontrará su sitio. ¿No se ha planteado nunca que tal vez sea de pie? Que ilógico parece, pero no porque Hemingway que escribía en esa posición. 


El escritorio de mamá (David Fernández)

El escritor es, por fortuna, dueño de su propia situación para organizar su trabajo; no hay métodos ni recetas pero sí rituales tan particulares como: aprovisionarse de varios paquetes de tabaco (el que fume) para no tener necesidad de abandonar la tarea ni un segundo, no vaya a ser que las musas se ausenten; tener cerca un gran termo de café para que la excitación de la creación no cese hasta el final; prender una vela y esperar que su final marque un tiempo de trabajo prescindiendo mirar el reloj; plantarse ante una pared blanca para evitar que cualquier otra visión se cruce y distorsione el pensamiento… Maniáticos de tal calibre: Balzac, Isabel Allende, José Ortega y Gasset... 

Para tranquilizar a María, le comento que yo me siento "juanramoniana", "allendista", "martingaitiana", "orteguiana" y actual; si bien, mi gran enemigo es el ruido, mi martirio es el tiempo, mi pasión la calle, mi visión la pared blanca y mi medio el ordenador, que tiene sus peligros porque... 

Aporto aquí una desagradable experiencia personal:

Me hallaba una tarde de incipiente verano acalorada entre ideas imposibles de plasmar y apuntes deslavazados en diferentes archivos, en documentos nada que ver unos con otros, cuando un súbito apagón del ordenador me sorprendió. No me avine a razones y salí de mi reducto profiriendo todo el diccionario de palabras mal sonantes que cualquier persona en su sano juicio omitiría  por vergüenza. De repente, al llegar al salón dos hombretones me miraron de arriba abajo y no daban crédito a lo oían, ni veían: una deslenguada en pantaloncillos playeros, descalza, con unos mechones recogidos y otros deslizándose por la nuca sudada y con un vocabulario desproporcionado ¡Soy escritora! les salpiqué en la cara. Su estupor fue mayor, pues nada tenía que ver con Cela. Dicho así no se entiende, verdad, pero es que los operarios estaban instalando el aire acondicionado y me habían cortado los plomos sin avisar. Ellos no me comprendieron hasta que entre gritos les hice saber que estaba con el ordenador y que mi trabajo de no sé cuántas horas se había esfumado; ellos seguro que también estaban deseando esfumarse. De repente, no sé cómo, surgió ante mí un vaso de agua y la caja de valerianas, me tomé dos y fui a mi reducto. (…) Milagrosamente, apreté no sé que mágica tecla y el ordenador, sumiso, me ofreció salvar parte del documento; diciéndole que sí, aparecieron ante mis ojos, al menos, las cinco primeras horas de esfuerzo, el resto no me importó pues estaba en un embotellamiento mental del que sólo me salvaron los operarios del aire acondicionado. Aún estuve unos instantes reflexionando la manera de disculparme, y sin encontrarla acudí a obtener su perdón. Les expliqué, me explicaron, dudo que nos entendiéramos, pero gracias a aquella limpieza interior pude continuar. Son los problemas de los adelantos y de no haber dado a guardar el documento.

Consejo: Cuando estés con la emoción puesta y escribas sin parar en el ordenador, no te olvides de dar a guardar si no quieres acabar así 


El grito (Munch)

No así me hubiera sucedido de haber empleado una máquina de escribir, al igual que Mark Twain (pionero en utilizarla), Paul Valéry, Henry Miller, García Márquez, o el mismísimo Francisco Umbral (inseparable de su Olivetti), a la que nunca se acostumbró Cela por la molesta campanilla final de cada renglón.

Tampoco me hubiera pasado si como los maestros del siglo de oro (Calderón, Zorrilla, Lope, Tirso, Quevedo…), hubiera estado aquella tarde de verano escribiendo a mano. Se sabe ellos que raras veces tenían tachaduras, algunos eran de letra clara y ordenada, sin desviaciones y con líneas perfectamente paralelas o ascendentes como síntoma de optimismo.

Y es que ejercitar la caligrafía no está de más, en cuadernos apaisados, rayados, cuadriculados o blancos, con tachones o sin ellos, de manera pulcra o afeminada o infantil o impersonal. Pereda, Machado, Juan Ramón, Lorca, Alberti, todos escribieron la a mano; y si de mencionar mujeres se trata desde la Pardo Bazán hasta la Gaite también lo hicieron, muriendo esta última abrazada a Parentescos en un cuaderno.

A María, le encanta sentarse en un sillón, enroscar las piernas hacia la derecha y permanecer inmóvil hasta que las extremidades dejan de sentirse; en esa posición afirma que se concentra; de allí arrancan muchas primeras frases. 
“Qué rara soy”, dice de sí. “Escribir no está sujeto a reglas, ni a la hora de sentarse”, respondo yo uniéndome a Guelbenzu, pero aún añado... 

Consejo: La mejor manera de aprender a escribir es escribiendo.

- Lee el libro de Cuando llegan las musas -le digo a María.
- Estoy en ello -me responde.


¡Espero que te haya gustado! Continuará...

NOTA:
Recuerda que siempre hay que citar la fuente de información. Para citar este post, puedes hacerlo de la siguiente manera, por el método Harvard.

Apellido, Inicial del nombre (Año de publicación): "Título de la entrada del post del blog". Título del blog en cursiva, día y mes del post. Disponible en: URL del recurso [Consulta: día-mes-año].

jueves, 29 de enero de 2015

CÓMO Y POR QUÉ ESTE LIBRO, ESTE BLOG, (III)

PILAR DEL CAMPO PUERTA

Como ya dije, consulté a mis alumnos por su relación con la escritura con cuatro preguntas, y todos, primero se quedaron como embobados; después se observaron las entrañas y por último, todos se pusieron a hacer lo que más les gusta: escribir.


La primera pregunta fue ¿Por qué escribes? y sus respuestas fueron: “Escribo para plasmar sensaciones y vivencias”, “Me divierte y es una forma sana de conocer más y mejor el idioma”, “Escribo por el deseo de comunicarme con los demás al tiempo que espero que alguien se identifique conmigo y con lo que escribo”, “Por afición”, “Para recordar el tiempo pasado”, “Por propia satisfacción”, “Para vivir lo que nunca viviré”, “Para ejercitar la mente”, “Porque me gusta”, “No lo sé”.

La segunda pregunta fue ¿Qué sensación te produce escribir?. Tenía claro que el que más y el que menos llevaba escribiendo toda la vida, aunque algunos lo hicieran con el pensamiento sin atreverse a más, y las respuestas fueron “Una sensación gratificante”, “Me hace sentir ligera y viva”, “Paz interior”, “Libertad interior” “Tranquilidad una vez que he escrito lo que quería”, “Relax y deleite”, “Satisfacción plena”, “Emoción”, “Mucho trabajo cuando se trata de algo científico y placer cuando finalizo una obra de ficción”, “Es algo inexplicable”. 

Y por sacar a colación alguna frase de los consagrados:

Fernando Pessoa dice que “Escribir es como una droga que me repugna y tomo, el vicio que desprecio y en el que vivo”. 

 Juan Carlos Onetti, mucho más suave afirma: “Para mí, escribir es como un vicio, una manía. Me hace feliz escribir, me siento desdichado cuando no”.

Confieso que una combinación de ambas es mi relación con la escritura.

La tercera pregunta que formulé fue, ¿Qué buscas con la escritura?
Afirmaciones tan rotundas escuché como: “Escribir es despertar, es una magnífica terapia”, “El diálogo con el que me lee”, “Liberar los sentimientos”, “Aclarar dudas”, “Estar en contacto con el mundo de las letras”, “Expresarme con todas las voces que llevo dentro”, “Salir al escenario, que me conozcan, poder escribir cada día y que cada día me lean a través de un medio de comunicación”, “Retos”. 

Menudos retos, amigos míos. 
- ¿Quién dijo salir al escenario?
- Yo -contestó Antonio, que llevaba entre manos varios proyectos inacabados y que no acababan de salir a la luz por la inseguridad que tenía en ellos, por si no gustaban.

Consejo: Hay que escribir para los demás, pero también hay que escribir para uno mismo; no se puede pretender gustar a todo el mundo, porque para gustos se hicieron los colores; por eso lo importante es no dudar de la propia obra.


Entonces le solté a Antonio lo de James Joyce: “Si lo revelara todo de inmediato perdería mi inmortalidad… durante siglos discutiendo sobre lo que quise decir, ése es el único modo de asegurarme la inmortalidad”.

Y para terminar el interrogatorio les planteé ¿Cuál serían sus mayores deseos para con la escritura? Unánimes, las respuestas fueron: “Hacerlo cada día mejor”. “Escribir una novela larga”, “Hacer un ensayo”, “Que mis escritos sean útiles a los demás”. Aunque las respuestas que realmente me impactaron fueron: “Que lo que yo escriba, al morir, se lo quede alguien que de verdad sienta lo que siento y se beneficie” y “Que mis hijos no destruyan lo poco que he escrito”. El miedo a que el pensamiento se pierda es lógico, por eso recomiendo...

Consejo: Para evitar que se dispersen los pensamientos y las ideas, lo mejore es agrupa todo en un libro, porque se puede hacer un solo libro que quede para el recuerdo, con dedicatorias, con ello harás que pase de generación a generación.  

Con estas simples cuestiones llegué al interior de mis alumnos y amigos y como sus aportaciones me fueron muy valiosas, me lancé a la  aventura del libro  Escribir: pensar, vivir.
Reloj universal (Gregorio Martín del Río)
Hoy con el paso del tiempo, el libro pasa a ser blog porque la mayoría de mis alumnos y amigos demandan esta forma de lectura y escritura, máxime cuando este medio de difusión ya está al alcance de casi todos y permite acercarse más a los que tienen iguales inquietudes y dudas: senderos por los que muchos autores consagrados pasaron en sus comienzos.

Por eso, ahora lanzo una pregunta para el público en general: ¿Alguien tiene idea de hasta dónde alcanzan las mieles y sinsabores de los escritores, sus templanzas y destemplanzas, sus alegrías y sus zozobras, sus risas y sus llantos?  Por favor, si alguien convive con un escritor, que lo observe de soslayo y verá cómo su rostro cambia según las circunstancias escritas les sean favorables o no.


Fueron muchas las horas que en su día dediqué al libro, y segura estoy que el blog reclamará las suyas. Como siempre María estará ahí.

¿Quién es María? Pasa la página y lo averiguarás.


Muchacha de espaldas (Salvador Dalí)

¡Espero que te haya gustado! Continuará... 

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