martes, 2 de agosto de 2016

Biografía: GREGORIO MARTÍNEZ SIERRA (Ponencia)

Ponencia presentada para el Ateneo de Madrid en marzo 2005 con motivo del segundo libro de Ateneístas ilustres.

GREGORIO MARTINEZ SIERRA: voluntad de hierro y temperamento inquieto

Gregorio Martínez Sierra nace en Madrid el 6 de mayo de 1881 y muere el 1 de octubre de 1947 en la misma ciudad, a la una y media de la tarde, en su domicilio de la calle Lista nº 43. “Estaba en la cama rodeado de bocetos y papeles, preparando la próxima campaña teatral”, escribe Luca de Tena a María en el exilio. El entierro, que se efectuó en el cementerio de San Isidro, estuvo presidió por la Sociedad General de Autores en pleno. Refugiado desde la Guerra Civil en Argentina, había regresado pocos días antes a España, y lo hizo para morir. No era, sin embargo, la primera vez que corría por los mentideros de la capital la noticia de su óbito; siempre de débil constitución y melancólico temple, acechado por la tuberculosis y dañado de fiebre tifoidea, una noche de diciembre, tan grave llegó a estar, que todo Madrid creyó que había fallecido.

Siendo muchas las fuentes sobre su vida y obra, sin duda, fresco manantial ofrece quien mejor le conoció, María de la O Lejárraga, que con su Gregorio y yo. Medio siglo de complicidad (1953) muestra una hermosísima visión del trabajo conjunto (Martínez Sierra, 2000). Por tanto, siendo los Martínez Sierra un claro ejemplo de simbiosis creadora, no queda más remedio que aludir a María aun cuando se quiera hablar de Gregorio.

Se conocían desde chiquillos aunque sus familias, de clase media, fuesen bien distintas en costumbres; por poner un ejemplo, en la de ella todos eran ávidos lectores y los libros de ciencia –su padre era médico- y literatura –su madre había recibido una finísima educación francesa- abundaban, mientras que en la de él  se respiraba un infatigable espíritu empresarial transmitido por generaciones. El vértice común de las dos instituciones estribaba en que ambos eran los mayores de una prole de hermanos, sujetos a normas y formalidades, por lo que tras dos años de incómodo noviazgo vigilado deciden casarse el 30 de noviembre de 1900. ¿Qué les puso inmediatamente de acuerdo? El amor al arte dramático.

Gregorio y yo también es una muestra de amor: “mi marido”, refiere María en ocasiones; “mi compañero”, alude en otras, pero siempre en un marco de complicidad y admiración que la lleva a escribir “no creo que exista en el mundo plenitud de exaltada paz que pueda compararse a la de trabajar en común con alguien que nos entiende y a quien creemos comprender”. Aunque rehuye de hablar de lo íntimo y personal no duda en afirmar que no recuerda una sola palabra áspera y afirma que “ha sido uno de los seres con más perfecto dominio de sí mismo”.  Tal compenetración les llevó a tejer un amplio manto de obras, algunas de éxito.

Entrelazar el terreno profesional con el sentimental es obligado en este caso. María, llega pronto al corazón joven del comediógrafo y una vez unidos para siempre le cuida y mima como una madre, pues es casi siete años mayor (1), también le alienta y apoya, ve  con sus ojos, piensa con su mente; sin embargo, disfrutaron poco la felicidad del matrimonio tras la aparición, en 1906, de Catalina Bárcena, más joven que él. Si a Gregorio le enamoró su esplendor, no poco tuvieron que ver, a la vez, sus cualidades interpretativas. Catalina, hábil, pasa a ocupar un primer plano tanto en el terreno artístico como en el sentimental y social de Martínez Sierra, exhibiéndose por los escenarios de diversos continentes como su musa, su actriz principal y su amante. Muchas humillaciones tuvo que sufrir María: “…al recorrer las horas pasadas siento rabia contra mí misma por las muchísimas que he desperdiciado en sufrir por amor…” escribía ya anciana a su amiga María Lacampre, en una carta fechada en marzo de 1948. Aún pudiendo haberse divorciado en 1931, cuando las Cortes Republicanas legislaron el divorcio por primera ver en España, nunca se separó de él, ni emocional, ni literaria, ni económicamente, pero sí tomó la decisión de abandonarle en 1922 cuando nació su única hija, Katia, fruto del adulterio. Fue un abandono físico, pues la complicidad creativa siempre se mantuvo firme por conducto epistolar; dicho trato molestaba tremendamente a Catalina.

Las observaciones que de ambas mujeres se hacen son bien distintas, aunque queda de sobra reflejado que las dos fueron su complemento perfecto:
Tomás Borrás, escritor y amigo personal de Gregorio dice: “Catalina fue la mitad del teatro del arte de Eslava, la mitad de la inspiración del dramaturgo, la cuidadora del hombre delicado… Ella reúne las cualidades que Martínez Sierra precisa para sus heroínas; la voz suasoria, musical; los ademanes musicales y maternales; la belleza tranquila; el tipo adecuado; el talento de crear y dejarse dirigir… la gracia femenina. Las mujeres de la literatura de Martínez Sierra, era una sola: Catalina”.
Andrés Goldsborough Serrat, en Imagen humana y Literaria de Gregorio Martínez Sierra, apunta: “A los veinte años, inesperadamente, se casa… La chica se llama María de la O Lejárrega, y es profesora de idiomas en una academia de señoritas, donde enseña francés, inglés y ruso”.
Rafael Cansinos-Assens recoge en sus Memorias el comentario del poeta Banco-Fombona: “Gregorio tiene alma de comerciante… Hasta aquí explotó el talento de su mujer, que es quien escribe sus libros. Ahora va a explotar la voz de oro de la Bárcena”.
Antonia Rodrigo escribe: “En María las otras razones son pretextos, la verdadera motivación de su total entrega y renunciamiento a favor de Gregorio era el amor”.

Gregorio comenzó desde niño a mostrar su inclinación por el teatro. Primero, con un teatrillo regalo de sus padres, en una habitación, representaba obras que él mismo escribía; luego, en escenarios más amplios, en los corrales del Carabanchel de sus veraneos, representaba junto a sus hermanos y amigos, adaptaciones de novelas. Por tanto no ha de ponerse en duda el talento de quien tuvo una voluntad férrea y un temperamento inquieto pero serio. “Vivir con seriedad, con toda exaltación, trabajar con todo encarnizamiento y darle gracias a la buena suerte por el puñado de rosas que de cuando en cuando me deja caer sobre las cuartillas”, es una frase lanzada por él al hablar de si. A nadie, pues, se le puede escapar la genialidad del autor de Canción de cuna (1911), la obra teatral por la que siempre será recordado, adaptada en 1994 para el cine por el director español  José Luis Garci y con un reparto de excepción; y el que fue director del Teatro Eslava entre 1916 y 1926, poniendo en práctica un estilo de teatro denominado de arte que renueva totalmente la escena española. Su objetivo: acabar con el realismo que había invadido todo, y más el teatro. Sin embrago, así como unos le magnifican, otros le consideran dramaturgo menor. Tal es el caso de Francisco Ruiz Ramón que establece dicha teoría si le compara con Benavente, Arniches, los hermanos Álvarez Quintero o Muñoz Seca, a la vez que le iguala a Linares Rivas (Ruiz, 1971), aunque matiza que si Linares Rivas era el aspecto duro y bronco del teatro benaventino,  Martínez Sierra era el blando y delicado. Como autor no aporta nueva temática ni técnica, según Díez-Canedo (2) y sus obras rebosan de una ternura excesiva, más propia de la condición femenina, es decir, se trata de un teatro rosa que, en opinión del crítico es peligroso, y da una visión sentimental e idealizada de la realidad sin conflictos, cuyo centro de atención son las mujeres con una tremenda carga de moral cristiana y contenidos superficiales. Sin embargo, un mérito de sobra reconocido fue su labor como director, desarrollando  valiosos montajes escénicos de autores de todos los tiempos (Arniches, Marquina, Zorrilla, Molière, Shakespeare, Shaw, Ibsen…) sobre todo del teatro nuevo europeo; y como traductor de autores célebres: Ibsen, Maeterlinck, Barrie, Augier, Goldoni … y el catalán Santiago Rusiñol, uno de sus preferidos.

Otra frase que salió de los propios labios de Martínez Sierra es que “sólo siendo enteramente justo se puede ser, por la única virtud de la justicia, absolutamente misericordioso” (Goldsborough, 1965). De justicia es, pues, reconocer, que Gregorio Martínez Sierra no actuaba solo. Díez-Canedo fue uno de los primeros en afirmar que la mano de María de O Lejárrega estaba detrás de la obra de Martínez Sierra; otros lo han negado, pero es la propia María, que un día silenció su labor en favor de los honores a su marido, quien muerto éste, en la obra que se toma de referencia, Gregorio y yo, destapara la caja de los truenos (3).

Opiniones para todos los gustos al respecto de esta contraversia.

Andrés Goldsborough Serrat, en Imagen humana y Literaria de Gregorio Martínez Sierra se limita a nombrarla solo una vez y haciendo referencia a un casamiento precipitado y juvenil.
Sáinz de Robles  se suma a este mutismo como signo emblemático de la cultura franquista, y cuando ahonda en definiciones dice de ella que su espíritu resultaba más viril que el delicado y sensible de don Gregorio, y con rotundidad añade sobre la reivindicación de la autoría de las obras: “me parece enteramente desprovista de buen tono, y aun de buen gusto” (Saiz de Robles, 1971).
Julio Cejador y Frauca escribe: “Dejemos a doña María con su reserva y, según su deseo, llamemos Martínez Sierra al autor de las obras en que ella ha participado tanto o más que su marido” (Cejador y Frauca, 1919).
Pedro González Blanco, escritor, crítico y amigo afirmó: “Gregorio Martínez Sierra jamás escribió nada que circulase con su nombre. Ya fuese novela, ensayo, poesía o teatro. Eso es algo que Juan Ramón Jiménez, Ramón Pérez de Ayala  y yo sabemos bien. Eso es algo que Usandizaga sabía muy bien; sabía que el libreto de Las golondrinas era de María. Turina sabía que el libreto de Margot era de María. Falla sabía que las directrices para los ballet de El sombrero de tres picos y El amor brujo eran de María… Pero quienes mejor lo sabían eran los actores, que siempre estaban nerviosos cuando salían de Madrid y en especial cuando viajaban por América: ¡El tercer acto que tiene que enviar doña María no ha llegado todavía y tendremos que suspender los ensayos!” –decían (W. O’Conor, 1987).
“Andando el tiempo se supo que, efectivamente, detrás de Martínez Sierra había otro escritor: su esposa María de la O Lejárrega que, por un complejo de modestia, abnegación y cariño prefería quedar en el anonimato”, es el argumento de Martínez Olmedilla (Martínez Olmedilla, 1961).
Y por finalizar con las pruebas que demuestran que la firma Martínez Sierra era cosa de dos, que mejor que una carta de la propia autora a su hermano Alejando fechada en 1948: “De que soy colaboradora de todas las obras no cabe la menor duda, primero porque es así y, después porque lo acredita el documento voluntariamente firmado por Gregorio en presencia de testigos que aún viven y que dice expresamente: “Declaro para todos los efectos legales que todas mis obras están escritas en colaboración con mi mujer,  Doña María de la O Lejárrega y García. Y para que conste firmo ésta en Madrid a catorce de abril de mil novecientos treinta”. Además, aunque, después de esto, todo es superfluo, tengo numerosas cartas y telegramas que prueban no sólo mi colaboración sino que varias obras están escritas sólo por mí y que mi marido no tuvo otra participación en ellas que el deseo de que se escribiesen y el irme acusando recibo de ellas, acto por acto, según se los iba enviando a América o a España cuando yo viajaba por el extranjero. Las obras son de Gregorio y mías, todas, hasta las que he escrito yo sola, porque así es mi voluntad”.

Salvado el escollo de la autoría de las obras, la firma Martínez Sierra es prolija en producción de todos los géneros:
* La llegada al mundo literario lo hace con El poema del trabajo y Diálogos fantásticos, donde se aprecia un excesivo simbolismo, y Flores de escarcha, menos simbolista, más seria y equilibrada.
* Le sigue el Teatro de ensueño con tres obras: Por el sendero florido, Pastoral, Saltimbanquis y Cuentos de labios. Son obras irrepresentables, solo para leer, imaginar y soñar; cargadas de tristezas y desilusiones, donde el alma parece hablar a través de los sentidos.
* Almas ausentes, Pascua florida, Torre de marfil, El agua dormida  y Beata primavera  recogidas todas bajo el título Abril melancólico, pertenecen al grupo de novela corta. En todas ellas se aprecia una actitud triste y resignada de la vida que desemboca en un final demasiado irreal e irónico. Y dentro de Sol de la tarde, otro título genérico, podemos hallar Golondrina de sol, Margarita en la rueca, La monja maestra, Horas de sol, Aldea y Los niños ciegos. Donde vuelve a estar presente la melancolía. En  todos los títulos mencionados pueden palparse la ternura, la poesía, la sencillez argumental, la simplicidad de los personajes, la pasión por la naturaleza y una profunda carga de impresionismo mironiano.
* En poesía, solo un libro, La casa de la primavera, compuesto por cuatro estancias bastante diferentes unas de otras: Los romances del hogar, Las ciudades románticas,  Paisajes espirituales, El mensaje de las rosas y las horas.  Destaca, además, este libro porque, a manera de prólogo, el poeta Rubén Darío adosa su Balada en honor a las musas de carne y hueso, donde elogia y aconseja a Martínez Sierra (4)
Gregorio: nada el cantor determina
como el gentil estímulo del beso.
Gloria al sabor de la boca divina.
¡La mejor musa es la de carne y hueso!

Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado y Eduardo Marquina, también le acompañan con sus versos.
* En sus novelas Tú eres la paz (luego adaptada para el teatro con el título de Madrigal), La humilde verdad y El amor catedrático y su libro de cuentos Aldea ilusoria podemos encontrar a un Martínez Sierra diferente de todo lo anterior, con un gran realismo, fuerza, frescura,  fluida inventiva. Se caracterizan  estos títulos porque la acción forma parte de los elementos secundarios, y la descripción pasa a ser principal protagonista.
* Ensayos a mencionar entre otros: Motivos, dedicado a su amigo Juan Ramón Jiménez, La tristeza de Don Quijote, Hamlet y el cuerpo de Sara Bernhardt, El alma cordobesa, Granada, Cartas a las mujeres de España.
* Libros de impresiones: La feria de Neuilly, El peregrino ilusionado y Kodak romántico. Donde la imaginación corre libre de trabas y consigue el efecto placentero de una buena literatura.
* Obras teatrales: Primavera en otoño, El pobrecito Juan,  Mamá, Sueño de una noche de agosto, Mary la insoportable, Canción de cuna, Lirio entre espinas, Los pastores,  El reino de Dios, Navidad (o Milagro de Navidad, con música de Joaquín Turina), Don Juan de España (con música de Conrado del Campo), Hechizo de amor, La sombra del padre, Rosina es frágil, El ama de la casa, Madame Pepita, Madrigal, Para hacerse amar locamente, Monólogos, Sortilegio y Los hombres las prefieren viudas (estas últimas de su etapa bonaerense)
* Zarzuelas y ballet: Las golondrinas (Adaptación de la obra Saltimbanquis, en colaboración con José María Usandizaga), La Tirana (con música de Vicente Lleó), La suerte de Isabelita (con música de Jerónimo Jiménez y Rafael Calleja), La familia real, Margot (en colaboración con Joaquín Turina), La llama, El amor brujo, El sombrero de tres picos (con música de Manuel de Falla) (5). Cuando más los nervios afloraban antes del estreno, el músico elogiaba a la bailaora Pastora Imperio por ser la impulsora de la idea de El amor brujo, y a los Martínez Sierra diciendo: “Hemos hecho una obra rara, nueva, que desconocemos el efecto que pueda producir en el público, pero que hemos sentido” (6).
* Martínez Sierra también se interesó por el Teatro para niños, las adaptaciones y las  traducciones. Y no puedo pasar aquí por algo la oportunidad que brindó a Federico García Lorca para la puesta en escena de El maleficio de la mariposa, con la que el granadino pasaría a los anales del teatro.

La relación de Martínez Sierra con la música era profunda, si bien María habla de “nuestros músicos”, amigos y colaboradores en algunas de las obras, a Gregorio le gustaba disfrutarla sobre todo en su retiro de Marruecos, y ponerla al servicio de la escena como elemento engrandecedor de su teatro de arte.

El 15 de enero de 1915, el Ateneo de Madrid, rinde homenaje a dos grandes maestros amigos y colaboradores de los Martínez Sierra: Manuel de Falla y Joaquín Turina, en una velada donde se estrenaron Siete canciones populares españolas, que Falla había compuesto durante su estancia en París en compañía de los Martínez Sierra. Si algo también significó a los dramaturgos, fue su carácter hospitalario.

El espíritu empresarial de Gregorio Martínez Sierra queda de sobra demostrado desde que en 1901 funda su primera revista Vida moderna a la que siguieron otras de importante corte modernista como Helios y Renacimiento donde destacadas firmas del momento colaboraban: Rubén Darío, Enrique Díez-Canedo, Amado Nervo, Juan Ramón Jiménez, los hermanos Machado o Emilia Pardo Bazán. Más tarde pasó a ser “Biblioteca Renacimiento” bajo cuyo sello quedó editada gran parte de su producción literaria. Formó también varias compañías teatrales, en algunas estaban los mejores actores (Catalina Bárcena, Josefina Morer, Emilio Sagi Barba, Luisa Vela…), los mejores escenógrafos (Fontanals, Barradas y Burmann, descubiertos por él y cruciales profesionales para que el teatro de arte alcanzase éxito), y dibujantes (Ricardo Marín, Rafael Sanchís o Laura Albéniz), disciplinados todos, seguidores del maestro (7). Y, por añadidura, director y empresario del teatro Eslava de Madrid, para deleite de espectadores con su Compañía Cómido-Darámatica (la primera la crea en 1915 en colaboración con Enrique Borrás (8), denominándose Compañía Borrás-Martínez Sierra) y otras para las que también había cabida. Tomás Borrás llegó a decir: “Es un orgullo para el teatro español la aparición de un grupo entusiasta, capitaneados por un joven, pero de gran inteligencia y firme vocación, por el verdadero teatro”; y como réplica: “Nuestro propósito es, en primer lugar, divertirles a ustedes. La vida en Europa, se ha puesto últimamente demasiado triste; por lo cual, un poco de diversión razonable es casi artículo de primera necesidad”, escribe Martínez Sierra en un manifiesto que dirigió al público. Otra innovación que aportó hacia el respetable, y que a éste le gustó, fueron los programas de mano, a cargo de los escenógrafos y dibujantes de la compañía y a tinta de varios colores.

Si bien Eslava tuvo días de gloria (sobre todo en durante las temporadas que van de 1920 a 1924, donde el teatro de arte estaba en pleno apogeo, pues a partir de ahí comienza a notársele un cierto declive hasta que, en 1926, desaparece) cuenta en su haber con un hecho luctuoso: el crimen, en 1923, de Luis Antón del Olmet, autor teatral y periodista, a manos de Alfonso Vidal y Cuadras, quien confesándose culpable aclaró que lo había hecho por sus diferencias literarias.

Los años de Eslava sirvieron a Martínez Sierra para alcanzar gloria y moverse por los escenarios más ilustres de Europa y América. Siempre a pie de escenario, elegía la obra, presenciaba los ensayos, corregía los textos o escenas, colaboraba en la preparación de los decorados, y mantenía continuas reuniones con escenógrafos y actores hasta alcanzar la idea concreta que tenía para la representación de la obra. Comenzó entonces una gran gira con extenso repertorio de carácter universal luciendo así los decorados que tanto habían dado que hablar. Toda la prensa se hizo eco de las ovaciones estruendosas, la aprobación por el gusto refinado, la satisfacción de los auditorios; Europa, América, siete años de gran gira; Gregorio y Catalina en la representación, María en la producción; y, después, Hollywood (1931), con un ventajoso contrato para películas que se suceden sin interrupción, hasta dieciocho; la mayoría, adaptaciones de las obras de Martínez Sierra que recorrieron el mundo entero con éxito sobrado y, Catalina Bárcena, a la cabeza del  cartel. Pero el clima americano se ensaña con la salud del dramaturgo y en 1935 deciden volver con intención de comprar un teatro y reanudar la experiencia de Eslava; no llega a hacerlo por la sin razón que asola España y, cuando iba a iniciar el rodaje de Canción de cuna, emigra a Argentina. Son años en que la herida de España y la del mundo entero deteriora la risa; su interior está tan triste como lo está el teatro y se siente envejecer a pasos agigantados; tan idealista siempre, aquel estado de las cosas le derrumba. En 1947 parece que una savia nueva corre por sus venas y vuelve a su tierra natal con intención de volver a empezar, pero meses después la firma Martínez Sierra se extingue (9)

La firma “Martínez Sierra” quedó registrada también en el Ateneo de Madrid por partida doble: Gregorio Martínez Sierra aparece como socio número 8.308 durante un período comprendido entre el 1 de enero de 1925 y el 20 de enero de 1930 (consecuencia lógica, pues, en 1931 marcha para América), y  su esposa María de la O Lejárraga, inscrita con el nombre de María Martínez Sierra, escritora, es la socia número 16.478 desde el 1 de enero de 1933, y con fecha de baja sin constatar, aunque bien puede suponerse que lo fue hasta su exilio porque, como dato que su biografía aporta, está, que saliendo del Ateneo la noche del 17 de julio de 1936 se entera que en Marruecos se ha sublevado el general Franco. Más tarde escribió: “Nuestra bien nacida República. Nació en paz y murió a mano armada”. Dato curioso es, que de los dos domicilios que cada uno aporta es común el de la calle Zurbano nº 1, sin embargo, como puede apreciarse, mientras uno abandona el Ateneo, la otra en él ingresa.

Ha sido difícil encontrar documentación de estas fechas en que los Martínez Sierra forman parte del Ateneo, ya que, como es de todos sabido, en algunos casos, la labor de búsqueda es costosa; sin embargo, durante el curso académico 1922-1923, según consta en su memoria, en el apartado de Conferencias varias, figura la que D. Pedro Sainz Rodríguez, bibliotecario del Ateneo, leyó bajo el título “La Biblioteca del Ateneo; lo que ha sido, lo que es y lo que será”. Herramienta clave de la Docta Casa, alberga casi en su totalidad la obra de Martínez Sierra. También en la referida memoria, encontramos que: “El día 26 de octubre, se celebró un acto público, en el que el literato argentino D. Alberto Ghiraldo explicó lo ocurrido con motivo del decreto de expulsarle del territorio español. Después hicieron uso de la palabra los Sres. D. Rafael Altamira, D. Gregorio Martínez Sierra, D. Manuel Aznar y D. Ángel Ossorio y Gallardo”.   

En los períodos en que ambos fueron socios, ejercieron como Presidentes: D. José Soto Reguera (1926-1930), D. Gregorio Marañón (1930), D. Manuel Azaña (1930-1932), D. Ramón Mª del Valle-Inclán (1932), D. Augusto Barcía Trelles (1932-1933), D. Miguel de Unamuno (1933-1934) y D. Fernando de los Ríos Urruti (1934-1935).

Por el ateneo y sus espacios emblemáticos circularon siempre las ideas libres y las figuras más relevantes; tantas, que solo citaré algunas cercanas al personaje de esta ponencia.
Desde la Tribuna de oradores pudieron escucharse voces  como la de  Maeterlink, escritor belga en lengua francesa y Premio Nobel de Literatura en 1911, traducida parte de su obra por Martínez Sierra; o, la de Sara Bernhardt, actriz teatral francesa, cuya figura inspiró el ensayo Hamlet y el cuerpo de Sara Bernhardt.
En la “Cacharrería”, los encuentros eran para conversar, y entre los asiduos, D. Jacinto Benavente, Presidente de la Sección de Literatura a la que dio gran brillantez, e influyente en el teatro del joven Gregorio; parecidos de físico -pequeños, nerviosos, agudos-, pero desiguales en el vivir -solitario el primero; social, dialogante y trasnochador el segundo-.
Por los pasillos, por la galería de retratos, antes y después de las actuaciones que se producían en el Salón de Actos se celebraban tertulias, y entre los tertulianos Ramón Pérez de Ayala, Enrique Díez-Canedo, Julio Cejador, relacionados también con Gregorio.

Entre los años 1919 y 1922, Victoriano García Martí (García Mart, 1948) fue Secretario del Ateneo, con Ramón Menéndez Pidal y el Conde de Romanones como Presidentes, y durante ese período se dieron más de 200 conferencias anuales -sólidas, variadas, interesantes-, destacando las de la Sección de Literatura, considerada la más vital. Y entre sus oradores: Azorín, Unamuno, Valle Inclán, un largo etcétera, y Gregorio Martínez Sierra.

Queda demostrado, pues, que Martínez Sierra formó parte del Ateneo de la época; aquella que  albergaba las ilusorias ambiciones de una juventud que procedía de todos los puntos de España, y que buscaba en la “Tribuna Ateneísta” dejarse oír en letras, arte, ciencia, filosofía, ya que no es hasta 1913, comicios de la primera Guerra Mundial, cuando en el Ateneo irrumpe el hablar de política.  

De complexión pequeña, extrema delgadez, sumamente tímido y de rostro expresivo: “Su frente era de molde de bóveda, curvada y anchurosa, desnuda, bañada de luz; sus ojos eran tan vivos que siempre pesquisaban en movimientos, negros, intensísimos, abiertos de par en par, grandes. El resto del modelado disminuía hacia el mentón (puntiagudo, ya achicado), y la boca, de sonrisa eterna, entre sarcástica y melancólica” (10). Y por si este semblante no fuera suficiente, en el Museo Reina Sofía luce el espléndido retrato modernista que del dramaturgo hace Daniel Vázquez Díaz (11).

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(1) María de la O Lejárrega es nacida en San Millán de la Cogolla (La Rioja) en 1874, pero criada en el pueblo madrileño de Carabanchel, lugar donde Gregorio Martínez Sierra y su familia veranea.

(2) Enrique Díez-Canedo (1879-1944) Crítico teatral y artístico cuya preocupación principal fue la renovación y modernización de la escena y el conocimiento de las corrientes teatrales europeas.

(3) Recoge Alda Blanco en el prólogo a la edición del año 2000 de Gregorio y yo: “la cuantiosa documentación que constata la auditoría y colaboración de María Martínez Sierra se encuentra principalmente en Patricia W. O’Conor: Gregorio y María Martínez Sierra: crónica de una colaboración, Madrid, La Avispa, 1987; y Antonina Rodrigo: María Lejárrega: una mujer en la sombra. Barcelona : Círculo de Lectores, 1992"

(4) Comienza el poema:
Nada mejor para cantar la vida,
y aun para dar sonrisas a la muerte,
que la áurea copa donde Venus vierte
la esencia azul de su viña encendida.
Por respirar los perfumes de Armida
Y por sorber el vino de su beso,
vino de ardor, de beso, de embeleso,
Fuérase al cielo en la bestia de Orlando,
¡Voz de oro y miel para decir cantando:
La mejor musa es la de carne y hueso !

(5) María en su memoria abre el capítulo Obras preferidas, y bien por su temática, bien por la forma en que fueron concebidas, apunta El reino de Dios, Don Juan de España, Sueño de una noche de agosto, Rosina es frágil. Para Canción de cuna (estrenada en el Teatro Lara en 1911) dedica un capítulo especial. Puede apreciarse como cada una lleva un antes y un después que forma parte de su historia personal, casi novelesca.

(6) Entrevista que Manuel Falla concedió a Rafael Benedito el 15 de abril de 1915 para el diario La Patria.

(7) Por no extender esta ponencia remito al lector a Carlos Reyero Hermosilla: Gregorio Martínez Sierra y su Teatro de Arte, Fundación Juan March, serie universitaria, pg. 8, donde puede encontrar una amplia explicación sobre la técnica de los escenógrafos. Igualmente hallará un catálogo de obras referente a dicho teatro en pag. 19.

(8) Enrique Borrás (1863-1957) actor catalán y director del Teatro Romea de Barcelona durante 1901-1092.

(9) Anterior a 1947 María, firma Cuentos breves (1899) y La mujer española ante la República (1931). Después, su ya mencionado Gregorio y yo (1953) y Una mujer por caminos de España (editada en 1989). El resto de su obra está firmada como Martínez Sierra.

(10) Fragmento de la semblanza que hace Tomás Borrás por encargo de Catalina Bárcena con el título de Semblanza en tres retratos, para la edición de la Obras Completas de Gregorio Martínez Sierra, y que está recogido en el libro de Andrés Goldsborough Serrat: Imagen humana y Literaria de Gregorio Martínez Sierra, Madrid, 1965.

(11) Daniel Vázquez Díaz (1882-1969). Destacado retratista que por amistad, admiración y  verdadero afán documental dibujó a los personajes más destacados de su tiempo.

BIBLIOGRAFÍA

Cejador y Frauca, Julio. Historia de la lengua y literatura castellanas.  Madrid : Tipografía de la Revista de Archivos, 1919.

García Mart, Victoriano. El Ateneo de Madrid (1835-1935), Madrid : Dossat, 1948.

Goldsborough Serrat, Andrés. Imagen humana y Literaria de Gregorio Martínez Sierra, Madrid : Gráf. Cóndor, 1965.

Martínez Olmedilla, A. Arriba el telón. Madrid: Aguilar, 1961.

Martínez Sierra, María. Gregorio y yo. Medio siglo de colaboración. Valencia : Editorial Pre-Textos, 2000.

Ruiz Ramón, Francisco. Historia del teatro español. Madrid : Alianza Editorial vol, 2, 1971.

Sáinz de Robles, Federico Carlos. Raros y olvidados. Madrid : Editorial Prensa Española, 1971.

W. O’Conor, Patricia. Gregorio y María Martínez Sierra: crónica de una colaboración. Madrid : La Avispa, 1987.

Lectura de la ponencia en el Ateneo
CONSEJO: Una ponencia siempre tiene la intención de ser difundida por cualquier medio, escrito o audio visual, además de exponer en un auditorio. No hay que tener miedo a hacer una ponencia, pero si es conveniente seguir unos pasos (no es necesario cumplirlos a rajatabla) que hagan más fácil dicha tarea.




¡Espero que te haya gustado! Continuará...

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