lunes, 18 de abril de 2016

EL RELATO EPISTOLAR (I)

A María también le aconsejo que sea innovadora y busque nuevas fórmulas para contar sus historias, que no se encasille circulando su mente por la familiaridad de los elementos de siempre.

La epístola, fórmula utilizada para las novelas del siglo XVIII, cayó después en desuso. Valga la anécdota de sobra conocida de cómo la escritora inglesa Jane Austen comenzó el primer borrador de Sentido y sensibilidad en forma epistolar, para luego trasformarlo en la obra que hoy puede leerse, intuyendo que esta forma de narrar podría entrar en declive. No se equivocó. Sin embargo, en la actualidad, ya son varios los autores que eligen este método para expresarse.

La epístola se asemeja al diario. Se narra desde el sentimiento más profundo, desde la punzada interior, desde la mente atormentada y siempre en primera persona. Las amistades peligrosas (Laclos), La nueva Eloísa (Rouseau), Cartas de amor de un sexagenario voluptuoso (Miguel Delibes), o Boquitas pintadas (Manuel Puig) son una pequeña muestra de este género en diversas épocas, que si bien no es prolijo sigue manteniéndose en la actualidad y lo que hay que procurar es que no decaiga. Con reflexión profunda y personal puede decirse mucho a través de una carta, más que mirando a los ojos; así los personajes de ficción entran en un monólogo interior tan profundo y una comunicación tan abierta que pueden hacer subir la temperatura de una novela.

 Y ya que menciono el monólogo interior quiero aclarar a María dos modos de interiorización. La primera, la profunda, la reflexiva, la filosófica, -esa misma que puede ser plasmada en una epístola- o quedar para sí:

…Nazaret se arrodilló sobre las losas grises y blancas. Cuánta tiniebla. “Y sé que hay que dejarlo dormir en la proa de la barca. Y sé que nadie más que Él podría dormir entre tantos embates. Y sé que mucha gente lo despierta para pedir mercedes… Y sé en mitad de esta noche sin término, que yo no debo hacerlo. Apretaré los dientes y confiaré. Él pagó por adelantado. Que duerma como duermen los viejos, traspuestos y doblegados ya por el cansancio. Quizá mientras viva no lo vea nunca más despierto. Sólo en la ribera de allá del lago… Pero ¿existe de veras aquella ribera? ¿Existe la otra orilla?”  Nazaret se santiguó…

La monja Nazaret es la protagonista de Las afueras de Dios de Antonio Gala.

La segunda fórmula de monólogo interior, tiene carácter más abierto, coloquial, dinámico, aunque no pierda forma reflexiva. Es ese monólogo con el que nos encontramos cada uno de nosotros –seres carnales- en cualquier momento y situación:

“Mira que tengo las uñas mal. Si me acuerdo paso por la farmacia a pedir algo para que crezca más y mejor. Cuando pienso en las manos que he tenido siempre, me da rabia vérmelas así. Anda que esa, la pasa lo que a mí, pero no le importa lucir anillos, que mira que son feos unos dedos con muchos anillos y pocas uñas. Tengo que ir a la farmacia sin remedio. ¿O tal vez debería pedir hora al dermatólogo? Igual piensa que soy una exagerada. Vaya birria de uñas...” 

Así, tal cual, pues en condiciones normales, pensamos como hablamos, sin retórica, sin elaboración.


CONSEJO: Hay que tener todo esto muy presente a la hora de poner a pensar a los seres de papel.

¡Espero que te haya gustado! Continuará...

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Gracias por participar en esta página.