lunes, 29 de febrero de 2016

El ELEMENTO SORPRESA


CONSEJO: Si hay algo de lo que no debe nunca olvidarse un escritor  es de la sorpresa. 

Por eso me atrevo a sorprenderos con este relato.

Bidet en altar

No se piense el lector que es cosa de risa el título poco ortodoxo. ¿Irreverente? ¡Sugerente! De sobra es sabido lo que es un bidet, dónde se enclava y cómo funciona. Pero además, ¿quién no ha usado un bidet para otros usos paralelos? Relajar los pies, remojar unos calcetines, cualquier delicada prenda... ¿digo prenda? ¡la más íntima! Y entre tanto me sucedió que...

<<Intentaba que la bestia utilizara el bidet. Con infructuoso éxito, la empujaba, la arrastraba, la obligaba... y ella se resistía. ¿Qué pensaría de ello? Tan higiénico, tan mono... la bestia era un mono. Pero sordo. Con un zapato en el oído, omitía cualquier entender de su no conveniencia. Distinguía lo que le daba la gana y se volvía zalamera cuando de conseguir algo se trataba, pero el bidet que debía usarlo a diario, nada. Sabía de mi irritación ante la desobediencia, la falta de aseo, el desorden, y eso era lo que más le atraía. La bestia vivía como nadie, en una lujoso habitáculo con excelentes comodidades, mejor que algunas bestezuelas de ex-ministro. Con frigorífico abarrotado de colas excitantes, limones muy frescos, cocos magníficos, plátanos, plátanos, plátanos. Televisor con mando a distancia y juego interactivo. Música monísima. Hamaca de red para mecerse en el sesteo. Un cuarto de baño coqueto, con bidet y todo. Por eso mi empeño en que lo usara, y su resistencia para irritarme.
- ¡Escucha bestia! no he desembolsado este fortunón en acondicionarte tu cubil para que desprecies lo más valioso: EL BIDET.
Y ante mi reclamo, ella me zarandeaba como a una marioneta. La bestia era terca, fuerte, pero ignorante y caprichosa. Me irritaba cada vez más. Cuando asomaba la cabeza entre su desorden: ¡todo patas arriba! ¡todo cabeza abajo! me desquiciaba. Y, cuando veía el bidet... intacto, me enfurecía como la bestia, y la empujaba. Y se resistía. Y me empujaba. Y me resistía. Yo. Ella. ¡Ella me lanzó hacía el vacío! Yo caí de bruces contra el suelo y...>>  ... desperté.

¿Dónde estaba? ¿Y la bestia?
Corrí hasta el cuarto de baño y refresqué mi cara y mis manos. Me observé, y admiré unas marcadas ojeras y un cerebro enredado. Saqué la lengua frente al espejo y la mueca me igualó a la bestia en sus burlas. Pero... tras de mí... el bidet. ¡Oh! exclamé. Sentí vergüenza del sueño tan incongruente, de mi comparación con la bestia, de mis ojeras sin disfrute y me asaltó la necesidad de remojo. ¿En qué estaría pensando quién lo descubrió? ¡Que buena evocación de cantores! Con sus dos chorritos -agua fría y caliente-. ¡Oh bibet! ¡Estoy admirada! pero despierta. Y en mi consciencia me gustaría adornar sus grifos con figurillas doradas. Elevarle sobre un podium, ¡sobre un altar! Colocarlo en el centro mismo del salón principal y celebrar mis fiestas a su alrededor. Manando por sus chorritos champán y sangría aderezada con jugosa fruta. Charlar y lanzar carcajadas. Marcar pasos de baile. Ofrecer y recibir besos apasionados. Y brindar... por todo, contra su cerámica.

¿Belleza o fealdad?. Caben todas las opiniones. ¡Cúan bello puede parecer un defecto! Una imperfección. Un rasgo desfigurado, un rostro deforme. Miembros mermados o superdotados. ¡Una excentricidad! Para haber belleza, debe haber espiritualidad, convencimiento pleno... ¿Que es una belleza vacía? A quien no le guste las fiestas en torno a mi magnífico bidet, ¡quede fuera! Que no acudan con sus bellezas blancas y huecas, con sus perfecciones oscuras. Que si quieren participar, respeten la imperfección de mi ocurrencia. ¡Se habrán ganado batallas! ¡Se habrán hecho revoluciones! ¡Se habrá viajado a la luna! Pero para alcanzar la luna y las estrellas basta con ... ¡Horror! olvidé cerrar los chorritos y el agua se está desbordando...

(© Pilar del Campo Puerta)


¡Espero que te haya gustado! Continuará...

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